Mildred P. Mendoza | Opinión | Centro de Reconocimiento de la Dignidad Humana
¿Qué significa realmente poner a las mujeres al frente? Esta pregunta me ha acompañado durante semanas y, al intentar responderla, surgía otra pregunta: ¿Qué ha tenido que pasar para que una mujer llegue al frente?
Ninguna institución es neutral al género; todas están atravesadas por prácticas que históricamente han privilegiado ciertas formas de ejercer autoridad. Por eso, la presencia de mujeres en los liderazgos, por sí sola, no es suficiente si las estructuras que deberían sostenerlas permanecen intactas.
Llegar al frente no es -ni ha sido- un acto aislado, ni el resultado exclusivo del “mérito individual” o de las “oportunidades brindadas”. Cada mujer que hoy ocupa un espacio de liderazgo encarna miles de trayectorias marcadas por resistencias y cuestionamientos constantes.
Liderar ha significado abrir brecha en sistemas que no siempre han sido diseñados pensando en las mujeres, en sus experiencias, tiempos, responsabilidades de cuidado ni las violencias que atraviesan.
Reconocer esto implica entender que el acceso no ha sido equitativo.

También requiere recordar que no todas las mujeres enfrentan las mismas barreras: el origen sociocultural, la identidad sexo-genérica, las discapacidades y otros factores se entrecruzan para generar condiciones de oportunidad muy distintas.
Desde la perspectiva de la interseccionalidad (Crenshaw, 1989), también es preguntarnos ¿Qué mujeres llegan?, ¿en qué condiciones?, ¿con que redes y apoyos?
Por eso, poner a las mujeres al frente no debe asumirse como una meta conseguida. Debe entenderse como un camino que todavía se está construyendo, uno que exige mirar más allá de las cifras y nombramientos.
Es necesario abrir la conversación sobre las condiciones en las que se ejerce el liderazgo: ¿existen entornos seguros y libres de violencia?, ¿se distribuye de manera equitativa las cargas y responsabilidades?, ¿sus decisiones se legitiman y se sostienen institucionalmente?
Al mismo tiempo, es urgente resignificar el liderazgo mismo, y reconocer como centrales cualidades que históricamente han sido minimizadas: la escucha, el cuidado, la colaboración y la construcción colectiva, entre otras etiquetadas como “blandas”.
Estas capacidades han demostrado ser fundamentales para generar entornos laborales y educativos saludables, sostenibles y productivos.
No solo fortalecen el desempeño institucional, sino que promueven el desarrollo integral de las personas y la construcción de comunidades justas, equitativas y seguras.
Repensar el liderazgo implica imaginar formas más horizontales, humanas y corresponsables de ejercer autoridad. Implica reconocer que la competencia permanente y las jerarquías rígidas no son las únicas maneras de conducir una organización.
Que las mujeres estemos al frente es el comienzo. La verdadera transformación ocurre cuando se generan condiciones para que podamos ejercer nuestro liderazgo plenamente, con legitimidad y sin renunciar al bienestar.
Ese es el reto y también la oportunidad, para construir comunidades más equitativas, y espacios donde todas las personas puedan avanzar.
* La autora es líder de la Oficina Nacional de Género y Comunidad Segura del Centro de Reconocimiento de la Dignidad Humana del Tec de Monterrey. Es experta en temas de género con más de 12 años de experiencia en el ámbito académico, social y empresarial.
*Referencias: Crenshaw, K. (1989). Demarginalizing the intersection of race and sex. University of Chicago Legal Forum, 1989(1), 139–167.
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